Sabores de antaño.

¿Quién no recuerda el sabor de los huevos que comíamos siendo niños? O al saborear un tomate, no encuentras aquel sabor característico y dulce, de bocado sabroso y refrescante,  ¡que te llevaba a no dejar ni un trocito en el plato de ensalada que te presentaba tu madre en la mesa! Ahora solemos comernos la lechuga, el maíz... Pero siempre queda tomate que va directo al cubo de la basura, por falta de sabor, exceso de pepitas y textura tirante e hilachada, piel gruesa difícil de masticar y mucho menos digerir.
La nueva oportunidad que se les está dando a los productos de cosecha tradicional, nos lleva a poder recuperar parte de esos encantos casi adictivos que nos gusta a las personas que amamos los buenos sabores. 
El comer por comer, empieza a quedarse atrás, y nos centramos más en productos que realmente alimenten y nos nutran de todo aquello que sea beneficioso para nuestro organismo.
Pero claro, esto tiene un alto coste, puede ir un euro, dos e incluso tres de diferencia en productos que se cosechan de forma masificada, que están destinados a un consumo para paladares no tan exigentes, de aquellos catálogados ahora como bio, eco, etc..., poniéndolos así al alcance de unos pocos. Pues aunque la diferencia de la que hablamos no es muy elevada, si vas sumando a tu lista de la compra teniendo en cuenta que hay varios miembros en una familia, pues casi que todo el jornal se te va en alimentos. Si además tienes en cuenta que no sabes de donde es su procedencia, pues lo mismo estás comprando gato por liebre y encima pagando casi el doble por ello. 
Todos estos pensamientos y muchos más, son los que me llevaron a intentar poder conseguir producir hortalizas con la ayuda de tierra, agua y sol.. Y por supuesto de un puñadito de semillas de diferentes clases. 
Y e de decir que el resultado a sido mejor de lo que esperaba y me gustaría compartirlo con vosotros. 

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